
Malo-como-carne-de-cuche se enfundó su pistola entre el cincho y el pantalón, miró la hora y salió de su cuarto. Los días de matar le sabían como el aceite quemado. No es que le desagradara del todo esa labor, pero como sucede con el alcohol o los dulces, que después de mucho hastían, comenzaba a fastidiarse del trabajo de pistolero a sueldo. Además, la vida no le había enseñado otro oficio más que la matadera. Asesinar es como cuando vas a coger, le había contado a un principiante. Te pones nervioso, no de miedo, sino de la expectación que provoca el hecho de que le cortarás la respiración a un cabrón. Matar sólo es un placer más de los tantos que hay.
Con seis meses de antelación, había estudiado cada movimiento de Víctima. Día tras día, horas tras hora. Por eso sabía que los lunes por la mañana Víctima iba a correr a un parque por el centro de la ciudad. Vaya manera de perder el tiempo, pensó Carne-como-de-cuche-malo, al analizar que nunca en su vida usaría un short tan corto. Está muy aputarrado, concluyó la primera vez que vio a Víctima. Además, correr no le parecía una actividad digna. Sólo los cobardes corren, decía.
También sabía que cada viernes Víctima se reunía con su amante, Esther. Una jovencita de apariencia eminentemente violable. Pinche Víctima, qué buena vieja te traes, solía cavilar Como-cuche-carne-de-malo cuando miraba a la mujer. Víctima pasaba por ella a una oficina de gobierno y enfilaban a algún motel. Malo-como-cuche-de-carne solía rentar la habitación contigua para masturbarse mientras, previa oreja pegada a la pared, escuchaba los jadeos entrecortados de Esther. Le parecía un desperdicio que sólo cogieran una vez a la semana, pero era evidente que ese celibato semanal sólo se circunscribía a Víctima, pues estaba a punto de entrar a la senectud. La amante, en cambio, tenía toda la leche adentro. Expelía sensualidad, olía a cogedera. Era de esas mujeres que incitaban a la imaginación. Un viernes esperó en la puerta de la oficina de Esther, sólo para captar su olor. Llegada la hora, llegó Víctima y detuvo su camioneta. A los pocos minutos salió Esther, con su halo de belleza soberbia y brutal. A Como-malo-carne-de-cuche ni lo fumó, pero éste guardó dentro de su mente ese fugaz encuentro, esa cercanía con su rostro, con sus caderas, con su trasero. Con la memoria, invocaría esas imágenes para masturbarse una y otra vez.
–No la chingues pinche Azpeitia. Quién pendejos te va a comprar esa historia. Está muy chafa. Cómo que cambiarle de nombre al matón en cada parpadeo. Vas a confundir a todos. No, no y no. Me parece un recurso muy chafa y además, al pistolero lo siento muy choteado. A ver, qué pinche música le voy a poner cuando entre en escena. –Me preguntó el productor.
Callamos un rato. Saqué la cajetilla guardada en la bolsa de la camisa. Encendí mi cigarro y retuve el humo por un momento. Luego expulsé una briosa humareda que se extendió por esa lujosa cafetería. Era el último productor que me quedaba por ver. Miré el cigarrillo, oxidándose poco a poco por las mordidas del fuego. Así estaba mi vida en ese instante. Sabía que con esta historia me jugaba el pellejo. Si no vendía ese guión para el viernes, amanecería encobijado el sábado. Respiré hondo y ataqué de nuevo.
–Mire, yo creo que Malo-como-carne-de-cuche puede volverse un personaje de culto. Como Ichi. Como Harry el sucio. Como el Mariachi (el primerito, claro) o el Chigurh. Neta. Sólo deje contarle el nudo de la historia. Además, mire, con una buena rola como Rock bottom, de Ufo, o Built for comfort, de Juicy Lucy, y en verdad que la armamos grave. Lo volvemos ídolo. Lo vestimos de gandalla elegante. Lo pintamos como un tipo bragado. Anímese.
–Vete mucho a la fregada, Azpeitia. Por quién me tomas. Este personaje no le llega ni a Mario Almada. No es original. Y si lo que pretendes es hacer un Romeo Dolorosa en versión Walt Disney, pos ya nos jodimos. No Azpeitia, no me convences.
–Bueno y qué quiere. ¿Que lo trepe a un Ferrari? ¿que en realidad sea un robot? ¿gay? ¿o alienígena?
–Fíjate que no estaría mal eso de alienígena. Imagina: los marcianos envían a distintos puntos del planeta a sus mejores guerreros para acabar poco a poco con la humanidad. Y cómo lo van a hacer, pos con aliens disfrazados de matones.
No mame, pensé, ahora sí se la arrancó. Pero no dije nada. Me aguanté. Debía juntar esos cueros de rana para pagarle al Malo, al verdadero Malo-como-carne-de-cuche, al auténtico, al capo de la droga en mi ciudad.
Pese a las advertencias, terminé como distribuidor autorizado de los productos del Malo. Porque esto de ser guionista sólo deja muchos aplausos, pero poca plata. Y como las ovaciones no pagan mi renta, mi me dan de comer, opté por venderle su mercancía. Cinco mil dólares no se juntan tan fácilmente, por eso me urgía vender esa historia a clientes que habitualmente me compraban guiones. He de confesar que no era cualquier historia, sino en la que había trabajado durante ocho años. Para escribirla, había puesto más paciencia que a ninguna otra, con la ilusión de que en un futuro no muy lejano, yo fuera el director. Lo jodido es que me encontraba en graves aprietos y a nadie, absolutamente a nadie le había interesado mi obra maestra. Pos claro, pensaba, qué van a saber de un buen guión estos pinches burócratas de la pantalla; ellos lo que quieren son historias simples para contarlas a un público simple. Me tranquilicé. Ordené un poco mis ideas y hablé:
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Mago: feliz, feliz, cumpleaños.
Hechi: grax grax, se le agradece que se acuerde. Saludous
ESTIMADO PAUL:
QUE GRATO EL PODER REENCONTARTE OJALÀ PODAMOS CONTARNOS PRONTO, SALUDOS DESDE ACTOPAN, HIDALGO QUE NO TE OLVIDA.
JAIRO VARGAS
jaot@hotmail.com