
Conocía aquellas aldeas amontonadas en el campo. Conocía el huerto estival de la casa de los viejos donde los míos me mandaban de niño a pasar temporadas, un pueblo de llanura, entre acequias y setos de árboles, de callejuelas con soportables bajos y tiras de cielo altísimas. De mi infancia no me quedana sino el verano. Las calles angostas que desembocaban en los campos por todas partes, de día y de noche, eran las verjas de la vida y el mundo. Gran maravilla si un automóvil trompeante, llegando de quién sabe dónde, cruzaba el pueblo por la calle principal y se desvanecía quién sabe dónde hacia nuevas ciudades, hacia el mar, trastornando chavales y polvo.
El diablo en las colinas
Cesare Pavese



No mames, esta crónica está muy cabrona. Eres un chingón... nunca me he metido droga y es casi un hecho que nunca lo haré -por razones sumamente personales- pero, ¡carajo!, de leer cómo disfrutas fumarla, hasta dan ganas cabrón. Saludos. Atentamente Janosik.
Janosik: al final de cuentas, la mariguana debe ser una sustancia que cada persona elige o no, consumir, obviamente, sin clavarse. Igual que la carne de puerco, el café, el alcohol, el tabaco, la pepsi, la maruchan o la leche Organic (que por cierto, sabe horrible). Yo por nada del mundo me tiraría del bungee –por razones sumamente personales–, pero de ver cómo disfrutan tirarse, hasta dan ganas, de veritas que sí. Saludos man