
Por los cien años de Malcolm Lowry sólo podemos hacer dos cosas: beber o leerlo.
Si optamos por lo primero, conviene aclarar que no honraremos su memoria con beber hipócritamente. Besando la copa, cual damas en fiesta de quince años, o lo que es peor, con un pretexto inútil, como beben del cáliz los sacerdotes. Como el alcohol era una de las pasiones de este gran beodo, lo menos que podemos hacer es beber hasta alcanzar la sobriedad, según sus propias palabras.
Hasta la sobriedad no es otra cosa que enfrascarse en una guarapeta maratónica. Citando a otro alcoholicazo, se trataría de empinar el codo hasta ver esa luz blanca y clara del alcohol, como la definió Jack London.
Para Lowry no habría sido problema beber hoy, mañana y pasado, pues pertenecía a esos pocos escritores que realmente pueden escribir habiendo ingerido licor. Quizá era como Raymond Chandler, quien en sus cartas, confesó: “Físicamente el alcohol no me hace falta para nada, pero sí espiritual y mentalmente.”
Lowry era un dipsómano consumado y, probablemente, un dipsómano admirable, mas no por eso simpático, ni muchos menos tolerable. (Leer más)



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