
Honestamente me sorprendió enterarme que hoy se cumplen 10 años del estreno de The Matrix. Eso ocurrió un 31 de marzo de 1999 y sólo bastaron unos meses para que, a lo largo y ancho del planeta, surgieran huestes de fans.
Sí, Matrix usó los sets donde se Dark city (porque el presupuesto de la peli era insuficiente como para unos propios); sí, Matrix no innovó en el tema sobre el cuestionamiento de lo real o la conciencia artificial (como ya lo habían hecho Metrópolis, Blade runner, Ghost in the Shell o Serial Experiments Lain; a estas últimas les debemos las peleas al estilo oriental y también, los Animatrix); es cierto, tampoco inventó lo que se conoce como cyberpunk (eso lo hizo Bruce Bethke), ni siquiera fue la primera en abordar las rebeliones vía computadora (como lo planteó primero Neal Stephenson). Aunque pensándolo bien, todo eso se lo debemos a Philip K. Dick.
Pese a eso, The Matrix innovó el panorama cinematográfico gracias a su equilibrio de anime japonés, de rebeliones contra el poder, de acción espectacular, de carga filosófica, de carga política, de cultura pop. Sabe llevarnos del erotismo a la desesperanza, y del suspenso al asombro. Visualmente The Matrix implantó su sello: unos lentes o una simple toma, son suficientes para saber de dónde proviene. En ese rubro, no ha habido otro filme que impresione e innove tanto como lo hicieron los hermanos Wachowski. El peso de la película es tal, que ni siquiera los propios Wachowski han superado The Matrix.
Diez años ya. Cuando la vi, lo hice en una videocasetera (el soundtrack lo tuve en casete). Tenía 21 años, un par de zapatos, una mochila con ropa y aún no sabía a qué me iba a dedicar. Alguna vez leí por ahí lo que Rodrigo Fresán dijo de esta película: The Matrix es un robo absoluto de todas nuestras ideas sobre mundos paranoicos y conspiraciones.







