Que Jonas Brother ni que mamadas. Un chamaco palomeando a Jeff Beck. Como pa olvidarse seis minutos de la influenza.

“Mal y de malas”, es una frase mexicana para referirse a un lapso de desgracias continuas. Y actualmente es la más atinada para referirse al ánimo que permea en el país.
La mañana del 1 de enero de 2009, los mexicanos amanecimos con dos resacas. Una por la ingesta de alcohol y comilona de la nochevieja, y la segunda y las más fuerte, de que estábamos en crisis económica. Pese a que el país está en crisis desde hace décadas, la de este año impactó tuvo un impacto mayor, por la globalización de la información y porque en esta ocasión alcanzó a Estados Unidos, nuestro pulmón monetario.
Los noticieros del pasado 24 de abril nos impidieron conciliar el sueño: anunciaron el brote de un extraño tipo de gripe mutante (palabra que nos causa una fascinación mórbida) y decretaron al centro del país en alerta.
En los días siguientes suspendieron de forma escalonada, las clases en todas las escuelas del área metropolitana (Distrito Federal y estados de México), los cines, teatros e iglesias también cerraron sus puertas.
Dos días después el ambiente huele a psicosis, ayudado en parte, por todas las películas y series apocalípticas que diariamente nos llegan de nuestros vecinos del norte. En todo el país surgen más y más casos. Se cuentan más de mil 600 cuadros clínicos. Los muertos llegan a 150. Inútilmente, las clínicas públicas se abarrotan de usuarios desesperados por una vacuna. En las farmacias los cubrebocas se agotan.
Todas estas medidas preventivas decretadas por el gobierno mexicano, irrogaron un éxodo masivo de chilangos (término peyorativo usado por los de provincia para referirnos a los capitalinos) hacia las playas de Acapulco.
Ingenuamente, los metropolitanos salen de su ciudad, en un afán de huir de la peste. Sin embargo, el inusitado tropel sólo provoca que la enfermedad se extienda. Entidades como San Luis Potosí, Guanajuato, Veracruz, Aguascalientes, y por supuesto, Guerrero, reportan cada día más enfermos.
Ubicado a 3 horas de la ciudad de México, Acapulco es la meca del turismo nacional, porque todo mexicano, al menos una vez en la vida, debe bañarse en estas playas. Debido a la cercanía de la capital del país y a su amplia gama de precios, los chilangos gustan de un fenómeno migratorio conocido como Acapulcazo, el cual consiste en salir de esa ciudad, lo más desbocado que se pueda. Si el viaje se decide tras una borrachera, suele más anecdótico y presumible.
De modo que ahora, con una ciudad infectada, sin clases, sin cines, sin partidos de futbol y sin iglesias, sin teatros, sin conciertos, el Acapulcazo se tornó obligatorio. Este periplo puso los pelos de punta a los acapulqueños. Por eso el 26 de abril se ordenó el cierre de discotecas, bares y centros nocturnos, no sólo en Acapulco, sino también en Zihuatanejo y Taxco.
La capacidad mexicana para burlarse de sus desgracias no se hizo esperar. Es algo muy nuestro. El blog de los caricaturistas más reconocidos del país se ha llenado de cartones y notas chuscas sobre la enfermedad. El conjunto de cumbia satirizada Agrupación Cariño sacó en Youtube su tema la Cumbia de la Influenza. Los catastrofistas afirman que la peste sólo es una cortina de humo de algo más grave que está por venir. Hasta el capítulo de Bob Esponja de este lunes, giró en torno a super gripe que enferma a Bob y éste la contagia a todo fondo de bikini.
Este 27 de abril se decretó la suspensión de clases en las escuelas de todo el país (privadas y particulares). El uso de cubre bocas se incrementa. No pocos mexicanos ven positiva esta medida, no porque evita contagios, sino porque así ven menos mujeres feas. Los hay de todos colores: azules, verdes, blancos y hasta quienes dibujan simpáticas muecas sobre esta prenda.
Sin embargo, en las playas de Acapulco nadie lo lleva puesto. Y es que ¿quién desperdiciará un día en la playa con un cubre bocas sobre el rostro? De modo que los chilangos en Acapulco andan como si estuvieran en otro país. No pocos meseros, taxistas y demás prestadores de servicios turísticos, evitan ir a la zona de playa, por temor a interactuar con ellos y contagiarse del virus.
Hay miedo e incertidumbre. Me viene a la mente The host, la sátira que hizo el surcoreano Bong Joon-ho a las películas de psicosis. Justo en la escena donde un grupo de personas en la calle se entera de la alerta epidemiológica y los informan de que los síntomas de la infección son similares a una gripe. Inmediatamente después un hombre carraspea y escupe sobre un charco. La gente de alrededor se aleja de él. Entonces, pasa rápidamente un autobús salpicando con el agua escupida a todo el grupo de temerosos ciudadanos.
Todo griposo o alérgico será visto como apestado si estornuda en un lugar público. Cualquier infortunado tuberculoso verá alejarse de él a toda persona que escuche su tos. No importa que se aclare que el bacilo de Koch está casi erradicado o que se explique que los síntomas de la influenza porcina no son como una simple gripe. El pánico ya se apoderó de nosotros. Y será difícil superarlo.
Casi al mediodía del lunes, un temblor de 5.6 grados sacudió Acapulco. Su epicentro se ubicó a unos kilómetros de la ciudad. Las crisis nerviosas, infartos y daños no se hicieron esperar. Dos muertos, bardas caídas, autos averiados, son el saldo hasta ahora. Chilangos y acapulqueños rezan para que estos días de contingencia terminen. (Publicado en 20 Minutos)

Pocos olores me causan tanta repugnancia como el olor a melón. Fruta codiciada por muchos, saboreada por otro miles, y repudiada, al parecer, sólo por mí. Este rechazo –según cuenta la leyenda familiar– fue irrogado por una sensación troglodita que me llevó a subirme a la mesa y comerme casi un melón completo, con simiente y bagazo. Todo. Si hubiera tenido 15 años, seguramente me habría hecho los mandados (no pocos son testigos vivos del estómago de hojalata que poseo), mas a mis dos años de vida me ocasionó un malestar estomacal que no sólo puso a prueba mis esfínteres, sino mi capacidad de supervivencia y la paciencia de mi madre. Desde ese día (del cual yo ni me acuerdo) el solor olor del melón me provoca nauseas.
A veces la curiosidad me pica y quisiera volverme un poco anósmico y otro poco agéusico para comer un trozo de melon. Volver a sentir la textura de esa fruta, romperla con mis dientes y engullirla sin problemas posteriores. Pero la naturaleza no le da alas a los alacranes. Tal vez, si hubiese seguido comiendo melón me habría convertido en un frugívoro, cosa que afortunadamente, no lo soy. Menos mal. En la imagen, Tetis, luna de Saturno, visto por la sonda Cassini.
Para quienen dudan de las facultades narrativas e históricas del corrido (por cierto, qué lástima que en la Wiki sea más extensa y documentada la versión en inglés, que en español; quizá se deba al cada vez menos interés de los mexicanos en este brillante género y en contrapartida, a la creciente curiosidad en el extranjero por esta expresión genuina de nuestro país), aquí uno que personalmente me late bastante, con motivo del 90 anivesario luctuoso del Caudillo del Sur.

Te espero para crucificarte en mi escuadrado cuerpo, para enseñarte que mis manos que ya son tuyas, no sólo sirven para deshojar telarañas obsesivas, sino que pueden multiplicar el movimiento de tus caderas equinas.
Hablando solo, contigo
Ernesto Seco Uribe


