
A estas alturas, la mejor forma de hacerlo es, precisamente, no hacerlo. Gracias a la exageración de los medios masivos de información, al pánico generalizado (aceptémoslo, somos una runfla de miedosos) y a una bola de autoridades inútiles (pero eso sí, bien pagadas), hemos sido restringidos hasta de carraspear libremente por la calle.
Pobre de aquel individuo con resaca que ose “hacer fuerza y violencia con la respiración, para arrancar del pecho lo que le fatiga y molesta” (según la
RAE) entre mucha gente, porque será visto como apestado por el cada vez más creciente club de fans de los cubre bocas (sí, chamagoso, pirata, decorado, inservible, pero empotrado en la trompa de miles de mexicanos). Lo estúpido es que se cree que esa misteriosa prenda es como la vacuna contra el virus de marras. El lavado de manos y una dieta balanceada se considera secundario, o incluso, prescindible.
Pero volvamos a la tosida y sus derivados. Todo parece indicar que ya no seremos libres de jugar escupidas a media calle. Parece que se pagará con cárcel estrellar gargajos en la pared o superficie de su preferencia. El gripiento será discriminado como leproso en la antigua Roma.
Cualquier conato de broncoaspiración a media comilona será motivo para que lo expulsen del restaurante de su elección, sin decir agua va. La tosecilla traviesa que juega con nosotros al ver un mujerón pasar a nuestro lado, quedará terminantemente prohibida. Incluso, sospecho que la veda se extenderá hasta a la abudante salivación, propia de encuentros cercanos con el sexo opuesto. Igual fin tendrá la onomatopeya de la tos (el legendario cof, cof), so pena de que se acuse al autor de infectado.
Lástima, con lo excitante que resulta la tos en pulmones femeninos. Ni hablar, adiós a la tos.