La cosecha de narradores en tierras del cebiche y el vuelvealavida es un asunto que seguramente está relacionado con la producción de cebolla, porque la situación está para llorar. No es para menos: en Guerrero no hay talleres honestos para practicar o iniciarse en la narrativa. Es más sencillo conseguir droga que un libro. Los gobernantes le dan más prioridad a los taxistas que a los temas artísticos. Instituciones y universidades (públicas o privadas) viven —y han vivido— en el oscurantismo editorial sin que ello les avergüence en absoluto.
Si a lo anterior le sumamos el paso de gobiernos pendejos de una izquierda que resultó ambidiestra y de grillas culturales enconadísimas, nos da como resultado un subgénero de escritores dedicados a la prosa: el narradorzuelo.
Este espécimen vive a costa de oscuras —pero también lambisconas— relaciones con eso que conocemos como poder político. No le interesa leer y en el mejor de los casos ni siquiera escribir, sino que vive de obras que escribió hace una década. Su horizonte literario se reduce a tradiciones artísticas de principios del siglo pasado. En el peor de los casos, posee un título que lo acredita como “poeta” o “narrador”. (Leer más)

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