De mujeres

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Hay mujeres aves, mujeres reptiles
dignas o serviles, ásperas o suaves
manojos de llaves y otras re viles,
tierra cultivable, parajes, cerriles,
muro inexpugnable o talón de aquiles

Guillermo Velázquez y los Leones de la Sierra de Xichú

Antología de lo perdido

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Negras intenciones, publicado por la editorial Jus en este año, es una antología coordinada por el narrador Rodolfo J.M., quien se propuso indagar los vericuetos del mal en un libro que reúne voces, la mayoría de ellas, con residencia en el DF. Así que estas quince voces cantan la violencia, la muerte; sí, lo negro.
Es amable descubrir un libro en el que se da cuenta de la mitología de la ciudad que uno habita, en la que uno creció y perdió la ingenuidad. En Negras intenciones volví a ver con el corazón el rostro de Acapulco. Sin proponérselo, Rodolfo J.M., creó una antología o un muestrario —idea que más define la reunión de textos con fines estéticos— del cuento negro en el que Acapulco se aparece, aunque como foto en sepia, con sus fantasmas heroicos.
El puerto sirve de escenario para crímenes y tragedias sublimes: caos, aunque no tan obsceno como el actual.
Decía que me sorprenden varios narradores; por ejemplo, voces como la de Omar Avilés; tonos narrativos como los de Benito Taibo y, esencialmente, el cuento de Paul Medrano, ese tamaulipeco vecino, quien más se aproxima al discurso sociológico del presente en Guerrero. (Leer más)
Reseña de Negras intenciones, escrita por Federico Vite

De izquierdas y derechas

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"Ser de la izquierda es, como ser de la derecha, una de las infinitas maneras que el hombre puede elegir para ser un imbécil: ambas, en efecto, son formas de la hemiplejia moral."
Ortega y Gasset

Durante 48 capítulos transmitidos en sesenta años el Coyote persiguió sin éxito al Correcaminos. Pese a que este peculiar depredador utiliza complejos artefactos Acme —como el hoyo portátil, patines de propusión a chorro, píldoras de terremoto o rocas deshidratadas— el cánido siempre resulta víctima de sus propias celadas.
Como ya sabemos, el Coyote nunca ha atrapado al avechucho de marras (existe un episodio apócrifo donde sucede lo contrario, pero eso es harina de otro costal). Generalmente, el mamífero aparece transido y hambriento. Obsesionado por atrapar al pajarraco, el cual siempre termina alejándose a toda velocidad con su inconfundible bip-bip. (Leer más)

Del Bicentenario

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Amo mi país, de eso estoy seguro. Admiro sus paisajes, sus pueblos, sus tradiciones, sus expresiones, su comida. Me agrada vivir aquí y tener la nacionalidad que poseo. Sin embargo, me he preguntado porqué no logro contagiarme de la euforia para festejar el machacante Bicentenario. No entraré en detalles sobre si es o no válido, festejar una Independencia que se firmó en 1821. Lo abordaré desde la perspectiva personal.
Por principio, México es muchos méxicos. Tan sólo en cada entidad podemos ver cientos, tal vez miles de las caras del país. En Guerrero, por ejemplo, México (como patria) tendrá una significación distinta para los negros de la Costa Chica, que para los indígenas de La Montaña. En cada pueblo de ambas regiones (de las siete que posee la entidad), habrá distintos sentires sobre el tema. Para mí, la patria está en cada persona con un trabajo honesto (por más humilde que éste sea), en quienes se preocupan por aprender algo cada día (sea niño o adulto) o en ecosistemas que luchan como pueden contra la embestida humana.
Platicando con Élmer Mendoza, me decía que habría que levantarle un monumento a cada albañil, barrendero, cartero y millones de personas con oficio, porque son los que mantienen en pie esta nación. Yo también lo creo. Sin embargo, para todos esos héroes cotidianos no habrá festejo. Un tema aparte es si de verdad existe un motivo real para festejar (es cierto, el festejo es de los ciudadanos, pero ¿cómo? ¿con qué? si la situación económica no está como para una pachanga que ponga en jaque la quincena). Este panorama de incertidumbre es la constante en todo el territorio mexicano y contra eso no se hace mucho.
Mientras sigamos pensando que el rostro de México es el DF, si se insiste en que el mariachi es el soundtrack perfecto para todos los septiembres y que "somos libres" (cualquier cosa que eso sea) gracias a la revuelta que comenzó un cura jugador y mujeriego, seguiremos manteniendo estos festejos huecos que sólo benefician al grupo político que lo organiza.
De los festejos oficiales y su desfile de hoy por la noche, sin comentarios.

El arte de novelar*

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La estética de la violencia no puede prescindir del espacio. Tampoco de la fricción entre una realidad vertiginosa y cotidiana y una prosa parsimoniosa por su naturaleza poética. En Dos caminos, la novela de Paul Medrano publicada por Ediciones de punto de partida de la UNAM, en 2009, se cumple esta premisa con precisión. Ocurre en el México contemporáneo y está teñida de rojo.
Desde el principio el autor indica que será una novela dual. Desde el título, que entre otras cosas, es el nombre de un pueblo de 500 casas a 40 minutos de Acapulco, y una visión de que demasiadas cosas en la vida resultan de una doble opción. Igualmente, desarrolla un universo ficcional donde dos bandas de narcos casi desarticulan un país muy parecido al nuestro: una donde sobresale La muñeca, un asesino despiadado, otra, donde Miranda, igualmente cruel, es el principal operador. Tras ellos, hay jefes poderosos y alrededor numerosos elementos desempeñando trabajos normales como comandantes, meseros o presidentes.
Con capítulos cortos, Paul Medrano, nacido en ciudad Victoria, Tamaulipas en 1977 y avecindado en Zihuatanejo, crea un discurso lleno de símbolos provocadores donde la comparación con la vida diaria es inevitable: “No hay peor afrenta para un hombre que un balazo en la cara”, “Tenían al país entero de espectador y su poder era el único real en estas tierras”. “Financiamos las campañas de 135 diputados federales”. Esta simbología proyecta un país que es imposible ocultar, que oscila entre la ficción y la realidad peligrosamente, aunque los que pudieran implementar correcciones no lo vean. “Nunca se sabrá ninguna verdad respecto a hechos delictivos que tengan que ver, así sea mínimamente, con la gestión del poder”, advierte Leonardo Sciascia en una entrevista con Marcelle Padovani , aunque en cuanto puede nos consuela con aquello de que: “Escribir es creer un poco”, manifiesta el maestro siciliano, uno de los autores que mejor han tratado el tema de la violencia como símbolo identitario de una región, una actividad y una época. (Leer más)
*Reseña de Dos caminos, escrita por Élmer Mendoza

Capital del mundo y sucursal del cielo

Los que ya saltaron