Envitación

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Bolillero

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Bolillo cocido con leña! !bolillo recién salido del horno! ¡viene sacando humo! ¡mucho humo!

Escuchado en la mañana desde mi ventana.

Qué tal si te compro

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Nadie me puede ver en tu casa,
todos me miran con gran desprecio,
dicen que yo no valgo la pena,
pa merecer tu amor y tus besos.
Pero qué tal si te compro para llevarte conmigo,
te llevo lejos, muy lejos, para perderme contigo.

–Seguimos con nuestra programación apreciables radioescuchas, son las 10 de la mañana con 35 minutos.
El locutor calló y la melodía siguió tocando dentro del camión urbano en el que iba rumbo al trabajo. No sé exactamente cómo –dado que casi siempre se ignora el origen de las cosas–, pero quizá fueron los acordes, mezclados con el smog y mis pensamientos, lo que me llevó a una idea descabellada. Parecía una soberana pendejada, mas decidí poner manos a la obra.
Y al otro día comencé a coleccionar amaneceres. Sobra decir que al carecer de superpoderes y superdinero –o mínimo, de una cámara cinematográfica– para guardarlos, tuve que echar mano de aquella vieja Polaroid que un amigo me dejó en prenda a cambio de la mitad de mi raquítica quincena.
Como no tenía idea alguna acerca de la fotografía y ante el temor de que la naciente compilación terminara aplastada por mi escaso talento, decidí colocar el aparatejo en la ventana de mi cuarto, de modo que para atrapar un alba sólo bastara con oprimir el disparador de la cámara y además, alejaba la posibilidad de errores.
Este raro hábito fue un acierto. De pronto mi vida tomó sentido, o al menos eso creí. Me imaginé en 10 años, saliendo en televisión como “el hombre con más amaneceres”. Suspiraba al calcular el valor monetario de mi insensata antología. Sería millonario y podría comprar a todas las mujeres –en realidad sólo era dos– que me habían abandonado.
Mi rutina diaria cambió. Tanto, que hasta dejé mis vicios, que en realidad sólo eran tres: masturbarme con la programación nocturna de Animal Planet, las hamburguesas de Burger King sin catsup y lamer el papel arroz de los cigarros Delicados, pero sin fumarlos. (Leer más)

De soledades y carretera

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Se sentía tan solo que cuando un coche que iba delante le hizo una señal indicando que iba a desviarse, sintió como si un extraño le hubiera tocado afectuosamnte en un hombro en algún lugar como un aeropuerto lleno de gente, y deseó encender sus luces o responder con alguna otra señal, del mismo modo en que se tocan, a veces, los desconocidos que viajan juntos, auque no volverán a verse nunca más. En una fantasía solitaria de nomadismo, imaginó un mundo en que los hombres y las mujeres se comunicarían principalmente por medio de señales luminosas y en el cual él pediría en matrimonio a una desconocida porque había encendido sus luces de posición una hora antes del anochecer, revelando con ello un temperamento romántico y flexible.
¡Oh, esto parece el paraíso!
John Cheever

Tacos sublimes en Acapunk

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La dependencia de lo chilango es la que ha obligado a Acapulco a elevar la calidad (y cantidad) de sus tacos: miles de turistas buscarán este típico refrigerio mexicano por su sabor y también por su precio. Con los pesos invertidos en un Vuelve a la vida, en algún changarro con vista al mar, una familia podría bien comer en una taquería. Pensar que el acapulcman come pescado tres veces al día es tan falso como creer que el homo chilangus viaja con su tanque de smog para no padecer horrendos vahídos. En esta ciudad, el pulpo en su tinta y el huachinango a la talla se venden con la misma frecuencia que una pizza, un hot-dog o tacos. El menú acapulqueño se ha hecho más amplio, en parte por esa extraña alergia a los precios altos que padecemos la mayoría de los mexicanos.

Turista social, le llaman las oficinas del ramo a la persona que viene a Acapulco pero no consume cocteles de camarón ni bebe cocos brujos ni compra souvenirs. El turista social se surtirá en tiendas de autoservicio (atún, pan blanco, refresco, cerveza y jamón, entre otros) y completará el menú con la harto conocida vitamina T (taco, torta o tamal). Dormirá en su coche y no gastará más que en lo estrictamente necesario, ante el riesgo de desacompletar el presupuesto para el regreso.

Es este tipo de visitante el que frecuenta las taquerías, esos peculiares expendios que se han visto obligados a mejorar su producto, cuidar su receta y competir día a día por los tan ansiados y cada vez más melindrosos clientes.

A continuación presentamos los seis recintos de adoración y disfrute del taco en la patria chica de Luis Miguel (¡ah, chingá!, ¿qué no es de acá?), para quien guste de este suculento manjar:

Tacos Simo: ubicada en la calle Tepic número 68, esquina con Aguascalientes, en la populosa colonia Progreso, este manjar está en vías de convertirse en platillo típico del puerto. Se trata de tacos de cabeza de res en barbacoa. Pongan especial interés en los de lengua, sesos y surtido. No se pierdan sus tres salsas y su consomé gratis. En caso de emergencia, cualquier taxista les podrá ayudar. Abren sólo los días que terminan en “s”: lunes a viernes, así como sábados y domingos, a partir de las 9 de la noche. (Leer más)

En la foto, su servilleta en pleno trance culinario en los Chemis.

Capital del mundo y sucursal del cielo

Los que ya saltaron