
Lo vi hace como una semana en el desnutrido departamento de libros que la Comercial Mexicana. No sé si sea obra de la casualidad, pero hay épocas del año en las que encuentras ejemplares muy buenos a precios muy bajos (entre $10 y $30). Hace poco conseguí un estupendo libro llamado Funeral para una mosca, de Armando Sequera; o El rencor, de Fabrizio Mejía Madrid; o El cazador de cabezas de Antonio Ortuño. Todos a 25 devaluados pesos. Conviene aclarar que no son libros usados, pero tampoco son novedades.
Les decía. El ejemplar que ven arriba, lo vi hace como una semana. Es un libro usado. Usadísimo, diría yo. Tiene rayones de tinta en el corte superior. La portada está dañada y la contraportada parece que fue usada como base para cortar algo. Hay dobleces en dos de sus hojas. Es edición de 2001. Con todo eso, en la Comercial Mexicana consideraron que este tomo vale 80 pesos. No tenía ni celofán.
No pretendo devaluar la obra de Bellatin (que en particular, me atrae; Poeta ciego, Canon perpetuo y Efecto invernadero, me regalaron inolvidables tardes con su lectura). Si el libro hubiera estado nuevo, habría pagado los 80 pesos. Es más, reconozco que habría soltado 100. Pero no es el caso. En la contraportada tiene una etiqueta descolorida de lo que fue su precio, no sé si en esa Comer, o en alguna otra tienda. En ella se lee: $10. Sin embargo, por enfrente, la pegatina amarilla con el pelícano naranja decía 80. Tardé una semana en decidirme. Finalmente opté por comprarlo.
Llegué hace un rato y no lo encontré en el estante donde lo había visto. Lo busqué sin éxito y me consolé al pensar que me había ahorrado 80 pesos. Incluso vino un consuelo mejor: con 80 pesos me podría comprar hasta tres títulos que se suelen encontrar por esas tiendas. Ya me iba de ahí cuando me pareció verlo entre las publicaciones de telenovelas. Ahí estaba tras un especial de Atrévete a soñar. Igual de viejo que como lo dejé hace una semana. Lo tomé y me dirigí a la caja. En el camino, la sensación de verme defraudado por los empresarios de esa tienda se apoderó de mí. Si pagaba los 80 pesos, posiblemente ese dinero se iría completo a las bolsas de los dueños, pero no a las del autor, en vista de lo antiguo del ejemplar. Vino a mí imagen en la que estaba dentro del pico de un enorme pelícano, intentando, entre miles de personas, salir de ahí. Entonces decidí jugármela. Pasé por un refrigerador de refrecos, tomé una coca-cola. Al llegar a la caja, me puse el libro bajo el brazo y puse la botella sobre la banda que lleva los productos. Si me pescan, lo pago y listo, pensé. Aduciría un olvido. La cajera me saludó, me dijo que si había encontrado todo lo que buscaba, que si deseaba donar 50 centavos para los niños de no sé dónde y finalmente, al darme mi cambio, me dijo “buenas noches”. Yo sólo deseaba salir de ahí corriendo. Pero eso es justo lo que no hay que hacer. Le di las gracias con la sensación de haber sido atendido de manera robótica. Cuando crucé la puerta automática, me entró la sensación de haber salvado algo de la trituradora, de las revistas de telenovelas, o peor aún, del olvido.






