
Imaginemos. Si el heavy metal se convirtiera oficialmente en religión, los fundamentalistas del género tendrían que realizar –so pena de acusarlos c omo viles poperos– los trámites pertinentes que los acreditaran como feligreses activos del cuero, los estoperoles y la greña larga.
Me viene a la mente una especie de bautismo con riffs de fondo, batería ametrallante y cánticos guturales de todo tipo. El templo sería un barcillo de mala muerte, como indican los diez mandamientos del heavy metal (no existen, pero de ser religión, los habría). Padres, padrinos e invitados –por obvias razones– tendrían que presentarse de rigurosa camiseta negra, con estampados de la banda que oyen y que a veces no saben ni pronunciar; pantalones viejos –y negros, claro–; zapatos del mismo tono pero que no sean muy costosos (para no ser acusados de hipsters) y con una mata lo más larga que se pueda; entre menos cuidada, mejor. El vino sería sustituido por cerveza y el copal por mota o tabaco. No vendrían mal tatuajes a destajo, piercings por docena, expansiones por racimos y una cara como de no haber cagado en tres días.
Una vez aceptado en el dogma de marras, el metalero podría presumir a amigos, familiares, novia y conquistas en turno su credencial –pergamino, placa o correa– con fotografía incluida, firma con sangre y holograma oficial para evitar copias. (Leer más)

Presentación del libro Ojos que no ven, corazón desierto, de Iris García Cuevas.
Sede: Bar del Puerto
Dirección: Benito Juárez 4-A (Centro)
Hora: 8 de la noche
Ciudad: Acapulco, Guerrero
Comentan: Citlali Guerrero, Jaime Mesa y Paul Medrano

tal vez otro día me hubiera puesto a dormir
pero cada quien sabe cómo se olvida un suplicio
cada uno sabe como sobrellevar
la máscara que cae al suelo y se destroza
me ha dolido el cuerpo de pronto
como si toda la vejez del mundo se me juntara
no quise ver el cielo y sus funerales
no escuchar músicos con sus demonios dentro
me quedé esperando nada más
a ver si el tiempo se hundía por sí solo
lúgubre luz de las resignaciones
rendija de la pérdida y la salvación
no me dormí ni apague la lámpara
porque el mundo debe vivirse con todas sus piedras y abismos
hay un principio en el calabozo de la noche
pero lo hay también al quedarse quieto
los ojos están aquí y en todas partes igual al péndulo
- ese agujero que se traga a la vida -
unos y otros
como los hombres
como las historias que cuentan al hombre
y que los hombres cuentan a sus descendientes
no me dormí ni apagué la lámpara
para decir que había vivido
Miguel Ángel Ortiz
El cuaderno de las resignaciones (fragmento)

Dos Caminos es un municipio de Chilpancingo, en el Estado de Guerrero. Se puede llegar por la carretera federal que lleva a Acapulco. Paraíso del Pacífico. Donde la droga va y viene sin que nadie se de cuenta porque casi todo el trasiego se hace por mar; donde el narco es la única industria competente además de la hotelera*”. Dos caminos es también la dirección de un blog donde es posible leer desde la reseña de un disco de Nouvelle vague a una crónica de nota roja con cierto olor a gonzo. Pero además Dos caminos es un novela. Una novela en la que se narra la guerra entre dos poderosos cárteles y las historias de sus principales líderes, hombres de extraños hábitos y crueldad implacable; una novela que se apropia de las herramientas del periodismo y la crónica, pero también del más duro género negro. Pistoleros y agentes federales, narcotraficantes y políticos; asesinatos y traiciones. Una novela de tal intensidad y dinamismo visual que bien podría servir como guión para una película de Guy Ritchie, la que le ayudaría a reencontrar el buen camino. (Leer más)
Comentario de Rodolfo JM (o sea, el de la pic) para la presentación de Dos caminos.



