
La novela Dos caminos, escrita por Paul Medrano (Tamaulipas, 1977), es un ejemplo de que la brevedad no está peleada con el contenido. Construida con contundencia en su relato, imágenes y lenguaje, es la apuesta de la literatura guerrerense en el género negro.
Nacido en uno de los estados más castigados por el narcotráfico, y criado en otro en donde este flagelo social sienta sus reales, el autor narra la historia de Miranda y Dakota, un narcotraficante de los viejos –en una actividad en la que no es frecuente hallar líderes que rebasen los 40 años– y su enamorada, cuyos caminos se cruzan cuando ella está en uno de los peores momentos de su vida y él busca el retiro.
Bien se dice que cuando uno se mete al tráfico de sustancias prohibidas es para nunca más salir, excepto a la cárcel o al panteón. Miranda quiere romper con esta premisa. Quiere que haya más de dos caminos.
Fiel a sus héroes literarios, que prefieren decir mucho con poco, Medrano cuenta la historia con la velocidad de las balas. Sus párrafos zumban con la misma peligrosidad. No por nada esta novela fue finalista en el reality Caza de letras, organizado por la Universidad Nacional Autónoma de México, y ahora ve la luz en una edición de Punto de partida.
Con su texto, a veces con el estilo del guión de cine, otras reportaje periodístico, con insertos crípticos y poéticos, pero definitivamente, siempre literatura, Medrano nos lleva por las carreteras del país a bordo del Charger de Miranda, que sería parecido a viajar montados en la carroza metálica de Dios. (Leer más)
* Reseña de Dos caminos, escrita por Roberto Carlos Rosas.




