Dos caminos: leerla y releerla

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La novela Dos caminos, escrita por Paul Medrano (Tamaulipas, 1977), es un ejemplo de que la brevedad no está peleada con el contenido. Construida con contundencia en su relato, imágenes y lenguaje, es la apuesta de la literatura guerrerense en el género negro.
Nacido en uno de los estados más castigados por el narcotráfico, y criado en otro en donde este flagelo social sienta sus reales, el autor narra la historia de Miranda y Dakota, un narcotraficante de los viejos –en una actividad en la que no es frecuente hallar líderes que rebasen los 40 años– y su enamorada, cuyos caminos se cruzan cuando ella está en uno de los peores momentos de su vida y él busca el retiro.
Bien se dice que cuando uno se mete al tráfico de sustancias prohibidas es para nunca más salir, excepto a la cárcel o al panteón. Miranda quiere romper con esta premisa. Quiere que haya más de dos caminos.
Fiel a sus héroes literarios, que prefieren decir mucho con poco, Medrano cuenta la historia con la velocidad de las balas. Sus párrafos zumban con la misma peligrosidad. No por nada esta novela fue finalista en el reality Caza de letras, organizado por la Universidad Nacional Autónoma de México, y ahora ve la luz en una edición de Punto de partida.
Con su texto, a veces con el estilo del guión de cine, otras reportaje periodístico, con insertos crípticos y poéticos, pero definitivamente, siempre literatura, Medrano nos lleva por las carreteras del país a bordo del Charger de Miranda, que sería parecido a viajar montados en la carroza metálica de Dios. (Leer más)
* Reseña de Dos caminos, escrita por Roberto Carlos Rosas.

Nunca lo conocí en persona, y hasta cierto punto, creo que no hizo falta. Hace ya muchos ayeres Carlos F. Ortiz me prestó una novela policiaca llamada Tijuana Dream. Yo apenas estaba descubriendo mi gusto por el género negro y anexas. Leerla significó una especie de revelación hacia el género. Concluí que mi gusto por el cine de vaqueros, de policías y el bélico, sólo podría encontrarlo en el género policiaco. Y Juan Hernández Luna fue parte de esa conclusión.
Quizá guarde mejores recuerdos hacia Hernández Luna que hacia cualquier escritor mexicano de ese género (incluso, que Paco Ignacio Taibo II, el maestro de maestros del policiaco mexicano). Porque sus libros me dejaron más que una placentera lectura. Posiblemente me confirmaron que yo también quería escribir policiaco. Hernández Luna sabía ser exacto como un bisturí, divertido, ingenioso y alburero. Tijuana Dream y Quizás otros labios fueron obras que repasé con mucho gusto y a motu proprio. Lo mismo pasó con Tabaco para el puma y Cadáver de ciudad, que relatan las super aventuras del mago Skalibur. Con ellas ganó el premio Hammet. Ambas, fueron traducidas a varios idiomas pero que al parecer, en México no se celebraron tanto.
Hace unos minutos me entero que ha muerto Juan Hernández Luna. Tenía 47 años. Quisiera decir más, pero ahora me siento realmente triste. Un abrazo para él, donde quiera que se encuentre.

Clausura

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Mis chobinos, Juan Emilio y Santiago, en su último día en el kinder del primero. Congratulations!

La música que perdimos

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A Héctor Anselmo, compañero nostálgico

Tengo treinta y tres años y es el último que escucharé “novedades” musicales.
Debo aclarar que (aún) no padezco una enfermedad terminal. Tampoco pretendo sumar adeptos para formar un grupo radical. No pertenezco a un partido político, organización social o parvada intelectual. Nada de eso, todo es muy simple: he decidido circular en sentido contrario a la “nueva música”, ese inmenso camión cuya velocidad aumenta cada día más.
En la escena musical, existe una carrera desesperada para determinar quién escucha más discos en menos tiempo. Nos ciega esa imperiosa necesidad de estar “a la última”, de mirar sólo hacia adelante, sin reparar en el maravilloso mundo de acordes que se va quedando atrás, incluso sin haberlo conocido.
Parte de esta decisión obedece a la digitalización de la música. Una a favor y otra en contra.
1.- En contra: es claro que el ser humano, entre más tiene, más quiere. Entre más música se almacene, se incrementa nuestro deseo de bajar y bajar más. Día y noche. Llueva o truene. La digitalización puso a nuestro alcance miles, qué digo miles, millones de discos. En apariencia, la descarga es gratuita. Pero el costo de esta globalización no es monetario, es de conciencia.
Me explico: hemos perdido el sentido de pertenencia de las canciones. Al llegar al formato digital, la música deja de ser tangible, ya que deja de existir en un vinil, un cassette, un minidisc o un cedé.
Este desapego se comprueba en que cada vez es menos agradecible el hecho de regalar un disco (es más, tu novia se puede enojar si le propones que te regale uno: “es algo que puedes bajar gratis”, alegará). Entre la chaviza parece una actitud pasada de moda y totalmente prescindible y si entre las nuevas generaciones es una locura comprar un disco “nuevo”, adquirir un vinil o las primeras ediciones en CD resulta punto más que la pendejez. Es que la facilidad con que la música llega a nuestras manos (o a nuestros iPods o a las memorias on line) le resta veneración. Aquellos ritos para escuchar una canción han desaparecido. Cómo no pensarlo cuando oyes alguna de “tus rolas” (frase para referirse a las canciones más trascendentes de tu vida) en el aparatejo celular de tu compañero de camión. Aquel placer de escuchar “lo más nuevo” de tal o cual grupo va hacia la extinción y a los placeres, como únicos goces humanos, debemos cuidarlos más que al petróleo. (Leer más)

Capital del mundo y sucursal del cielo

Los que ya saltaron